
Hace 130 años andaban los murcianos, como España entera, con el alma en vilo por las preocupantes noticias que llegaban del conflicto en la que fuera nuestra colonia de Cuba. Muchos de los jóvenes habían sido movilizados con destino a la isla caribeña y las únicas noticias de aquellos hijos, hermanos o novios, al margen de las que aparecían de continuo impresas, llegaban a través de los cuatro vapores-correo que cruzaban el Atlántico al mes. Se calculaba que en uno solo de esos envíos viajaban alrededor de un millón de cartas, páginas de consuelo para algunos, tristes comunicados en otros casos.
En aquella primavera de 1896, un tanto sombría por estas noticias, la Semana Santa cayó exactamente por las mismas fechas que la de este año, del 29 de marzo al 5 de abril. El tiempo apacible y fresco en nuestra ciudad invitaba a salir a contemplar los desfiles procesionales y a acudir a los muchos actos religiosos que se llevaban a cabo en las distintas parroquias, incluido el entonces tradicional rezo de los “Pasos”, estaciones del Vía Crucis ubicado en el Malecón, que se realizaba en la tarde del Viernes Santo.

No vayan a creer ustedes que las cofradías y sus procesiones eran tan abundantes y multitudinarias como hoy lo son. Entonces Murcia era una pequeña ciudad, cercada por su fértil huerta, de calles polvorientas y tenue luz de gas, en la que solo habitaban 30.000 almas.
El Domingo de Ramos desfilaba desde la parroquia de San Bartolomé la primera de las procesiones: vestidos de túnica azul, la Venerable Cofradía de Servitas de María Santísima de las Angustias inauguraba nuestra semana de Pasión.
Los dos días siguientes no habría más desfiles. La Cofradía del Perdón saldría a la calle por primera vez al año siguiente, y los ciudadanos solían visitar los templos del Carmen y de la Cofradía de Nuestro Padre Jesús para curiosear en los preparativos de las dos grandes procesiones de la ciudad: la del miércoles de los Coloraos y la del viernes por la mañana de los Salzillos. Ambas lucieron, según las crónicas, mejor que ningún otro año, incluso el paso del Prendimiento de Salzillo se vio mejorado por una restauración que le devolvió su esplendor. Fue mayordomo de la bellísima Dolorosa de Salzillo Don Ángel Carvajal y Pascual del Pobil, Marqués de Villalba de los Llanos y, por entonces, presidente del Casino murciano.
Por último, el viernes noche, desfilaba nuevamente desde San Bartolomé la procesión del Santo Entierro, que ese año estrenaba, con gran expectación primero y efusivos elogios tras su presentación, el espectacular grupo escultórico del Sepulcro, realizado por el joven escultor valenciano Juan Dorado Brisa. Grupo del que, desafortunadamente, solo nos quedan imágenes ya que fue destruido en la Guerra Civil.

El Santo Entierro
La procesión de anoche ha sido de las más lucidas y solemnes que se han celebrado. El acompañamiento fue numeroso y distinguido, …
Las efigies iban preciosas y el nuevo Sepulcro, que representa un pensamiento poético y sublime, cual es la Adoración estática, sentida y amorosa de los Ángeles a Cristo muerto, tuvo en las calles un gran éxito, pues levantaba en la multitud, que admiró el ideal conjunto, profundos sentimientos de piedad y de ternura.
El Diario de Murcia, 4 de abril 1896.
Para celebrar el Domingo de Resurrección, a petición de los socios más jóvenes, en el Casino se celebró un concurrido baile que duró desde las diez y media de la noche hasta pasadas las dos de la madrugada. Empezaba así la celebración de los tres días de Pascua Florida, pues habrían de pasar otros tres años para que Murcia estrenara sus Fiestas de Primavera
La cocina del Casino anunciaba día a día en prensa sus menús. Durante la Cuaresma, el obligado cumplimiento reducía la carta a los frutos del mar: bacalao a la vizcaína, merluza a elección o calamares en salsa y empanadas. Tras esta vigilia, los filetes a la Central o a la goda, los morros a la gaditana o el rosbif a la inglesa, siempre con monas, estrellas y salteadores como colofón de la comida, contribuían a celebrar suculentamente el fin del ayuno.



