De Viena al Casino de Murcia

Como es tradición, el Real Casino de Mucia abre la temporada con su Concierto de Año Nuevo en el majestuoso Salón de Baile. En esta ocasión, ha sido el Quinteto Preludio, acompañado por la arpista Sara Esturillo, el encargado de amenizar la velada con composiciones de artistas murcianos.

A continuación, podrán disfrutar un texto de Martínez-Abarca que acompaña formidablemente estas fantásticas fotos de Yessica Cáceres:

De niño recuerdo que sólo había un posible día de año nuevo. Aquel en el que, todavía vestidos de skijamas, nos tirábamos en el frío suelo frente al televisor de escasas 625 líneas (teníamos suerte, en los Estados Unidos de América era de sólo 525 y la emisión allí se veía como una realidad difuminada con diez dioptrías de miopía), y nos interesábamos por dos cosas que el resto del año no nos interesaban en absoluto. Bueno, tampoco nos interesaban ese día, aunque lo veíamos. El tradicional concierto del día de año nuevo en Viena y, luego, los igualmente tradicionales saltos de esquí. La única diferencia con los adultos, ese día, era que los adultos iban decentemente vestidos de calle y que no se tiraban por el suelo para ver la tele.

Por demás, a los adultos españoles tampoco les interesaban nada ni el concierto de valses y polkas interpretado por la filarmónica de Viena en la sala dorada del Musikverein ni los saltos de esquí en Garmisch-Partenkirchen. ¡Pero era la tele única con sus programas de visión unánime, todo estaba cerrado, íbamos a comer las sobras de la noche anterior y estábamos desoficiados! Era una mañana de año nuevo entrañable y encantadora, deliciosamente ridícula.

Era, sin anestesia, la civilizada y relamida navidad centroeuropea que se nos metía en nuestras costumbres mediterráneas. Desde entonces le cogí un poco de manía a Viena (y a Garmisch-Partenkirchen, desde donde quiera que nos esté contemplando) y siempre asocié todo eso de la filarmónica/saltos de esquí a estar muy colgado, que es lo propio del día de año nuevo y, desde luego, lo propio de Centroeuropa.

Los saltos de esquí, año a año, eran más aburridos que un campeonato de muñecos de nieve, pero resultaban perfectos para ese día: anodinos, soñolientos, estupefactos, acompañaban fantásticamente, como ruido y visión de fondo, el pasar como se pudiera aquellas primeras horas del nuevo año, sin nada en que pensar, sin ninguna pasión, esperando a que nos soltaran para ir a apedrearnos vivos o a cazar ranas y sapos en las gélidas balsas y acequias de riego. Esas mañanas del 1 de enero nadie salía a ningún sitio. Las pedradas y los sapos debían esperar. No había más que los saltos y, antes, el relativamente tempranero concierto de Viena, siempre dirigido por un señor espasmódico y con absurda cara de estar felicísimo que intentaba meternos la batuta en el ojo y donde se interpretaban cosas dulzarronas y conocidas al ritmo prestissimo del Tengo una vaca lechera atacado por los Tres Tenores.

Era, supongo, una forma de hacer pasable y atractiva la música clásica para los niños europeos —aquello sí era una Eurovisión— que tal vez la escuchaban (y veían) por vez primera, y también de intentar despabilar a los adultos con resaca de la noche anterior. Sólo muchos años después descubrí el verdadero valor del concierto de año nuevo, a pesar del contenido digamos divulgativo de lo que nos llegaba desde Viena. Significaba empezar el año con civilización. La civilización está íntimamente relacionada con la tranquilidad, incluso con el sagrado aburrimiento. Los ingleses lo han comprendido perfectamente bebiendo licor de frutas Pimm´s en los happenings y viendo jugar cricket, o incluso jugándolo, a la hora de la siesta.

El concierto de año nuevo en Viena era siempre la forma de empezar el año moderada, juiciosa e inofensivamente, a pesar de la figura compulsiva y espasmódica del director de la filarmónica, que a través de las décadas siempre parecía que era el mismo, porque siempre parecía estar igual de absurdamente feliz. Si quitamos este detalle, no hay mejor forma de empezar un año apacible, europeo y con sentido común que con un concierto de año nuevo, como el que se celebra no sólo en Viena sino, con más fortuna en la selección musical y en un marco en mi opinión con más clase y menos pretensión, en el Salón de Baile del Real Casino de Murcia.

En el Real Casino de Murcia cada año hay un concierto de año nuevo, que no tiene por qué celebrarse el día de año nuevo. En cualquier caso, siempre es a principios de enero, pero sin rigideces, otro acierto (las fiestas navideñas, salvo las campanadas, no tienen por qué seguir horarios de oficina). Cada año los intérpretes y el repertorio varían enormemente, con lo cual nos ahorramos cualquier aburrimiento centroeuropeo, además de ahorrarnos el tradicional histerismo interpretativo de la filarmónica vienesa tras los excesos de la Nochevieja. Hasta se pone en valor la obra de compositores murcianos. Una delicia, sin nada de lo estrepitoso y, voy a decirlo, lo francamente ridículo de aquel concierto vienés de año nuevo de nuestra infancia. Además, el Real Casino no programa luego un campeonato de saltos de esquí.

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