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C
ultura
DE MURCIA AL CIELO
Por Carmen Celdrán
E
scondida entre los lujosos chalets de la urbanización “La
Ladera”, en la pedanía murciana de Churra, se encuentra
la Casona de Doña Carolina Codorniú Bosch, madre del in-
ventor Juan de la Cierva y antigua propietaria de todas las tierras
que rodean a la casa.
Doña Carolina, cartagenera de origen, fue una rica terrateniente
de finales del siglo XIX y principios del XX. Hija de Don Ricardo Co-
dorniú Stárico (el llamado apóstol del árbol, que repobló Sierra Es-
puña), heredó al parecer, junto a su fortuna, las ideas filantrópicas
de sus padres. Las fincas de Doña
Carolina abarcaban prácticamente
todo el territorio de las actuales peda-
nías de Churra y Cabezo de Torres,
pero su fortuna no le impidió, según
dicen, tener un inmenso corazón, que le llevó a preocuparse por los
más desfavorecidos. Cuentan las crónicas que durante toda su vida
se preocupó de cuidar a los pobres, donando mantas, alimentos y
medicinas a quienes lo precisaban. Cedió terrenos para la cons-
trucción de colegios y sus herederos trataron de beneficiar a los
agricultores vecinos. Tanta repercusión tuvo su acción social que en
1968 Franco dispuso su ingreso en la orden civil de beneficencia,
con distintivo blanco y categoría de gran cruz.
Cuando se urbanizó el paraje de “La Ladera”, la Casona –ya en
ruinas- se declaró Bien de Interés Cultural y se proyectó su rehabili-
tación como elemento turístico enclavado en el conjunto de chalets.
Se trata de una casa señorial tradicional murciana, de esas que
se conocen como “torres”, que poblaron nuestra huerta en los siglos
pasados y que apenas se conservan. Un testigo mudo de un mundo
que ya no existe, un trozo de nuestra memoria vagando en el mar
extraño de la modernidad.
Sin embargo, la Casona pronto
será un simple recuerdo. La desidia,
tan propia de nuestros políticos, hace
que la protección cultural otorgada
sea tan sólo papel mojado. El viejo
caserón se encuentra arruinado, desvencijado; abandonado por to-
dos. La escasa vigilancia de sus propietarios actuales no ha podido
impedir que sea invadido por vándalos. El interior está poblado de
grafiti y destrozado.
Cualquier otra ciudad cuidaría con mimo esta clase de edificios,
los rehabilitaría y les daría un valor cultural y turístico. Pero Murcia,
definitivamente, es diferente.
La casona de la ladera
Cuando se urbanizó el paraje de ‘La
Ladera’, la Casona se declaró Bien de
Interés Cultural